Posteado por: quilapayun | 08/11/2010

PRESENTACION DE HORACIO SALINAS PARA EL LIBRO “CONVERSACIONES CONMIGO MISMO” DE EDUARDO CARRASCO

PRESENTACION DE HORACIO SALINAS PARA EL LIBRO “CONVERSACIONES CONMIGO MISMO” DE EDUARDO CARRASCO

Portada Libro "Conversaciones conmigo mismo"

Portada Libro "Conversaciones conmigo mismo"

 

 

Estimados todos.

 

Lo primero, creo que efectivamente se trata de un libro valiente. Si fue ese uno de los  propósitos que Eduardo tuvo al escribirlo. Así como también  se disipan a poco andar los escrúpulos que,  con la ayuda de Montaigne  nos plantea el autor acerca del valor que pudiera tener contar la propia vida.  Entonces creo que el esfuerzo y el empeño de esta larga y profunda  auscultación han valido la pena, porque su vida, así como las de todos nosotros, ha transitado espacio comunes, gloriosos y dramáticos, importantes, que debemos revisitar con mayor coraje. Momentos de la historia de este país que es necesario narrar con más generosidad y dedicación.  (Siempre he pensado en la necesidad de un cine neorrealista, o como le llamemos, que muestre nuestros particulares modos,  sobretodo vistos desde el afecto).

 

“Conversaciones conmigo mismo” es una mirada hacia la existencia hecha, a ratos sin piedad y que nos sorprende por circunstancias que tal vez no hubiéramos querido conocer en sus pormenores  más crudos. Así las cosas, la vida de Eduardo, este diálogo desnudo consigo mismo, nos sumerge sin duda en interesantes revisiones, ajustes y contemplaciones cuando miramos aquella que ha sido la nuestra; a veces drástica, a ratos nostálgica y  por momentos también desesperanzadora.

 

Interesante resulta la historia de los orígenes de su familia, que como tantas y tantas de la clase media se fue estructurando en una sobreposición y cruce de vidas de emigrantes europeos que nos han legado un rasgo único de pluralidad en nuestra identidad cultural.

 

Los recuerdos del Liceo Lastarria me son cercanos porque fue allá que supe por primera vez de la existencia de los Carrasco ( y resistí los embates de la profesora de música que me expulsó del coro ). Hice las humanidades en el Liceo y tengo todavía el recuerdo rumoroso de las pichangas en los recreos, donde su hermano, “el Julio  Carrasco” , corría y disputaba la pelota con vehemencia temeraria. Luego lo escuché  cantar zambas argentinas  en algún festival de la canción y después vino el Quilapayún.

 

Ah!, el Quilapayún. Momento trascendente en la vida de Eduardo que se nos aparece en un  modo que desconocíamos. La tensión entre la filosofía y las música. La dedicación al grupo como un destino insoslayable pero no necesariamente buscado y querido. Datos que resultan comunes a las características e historias de muchos grupos de la época que nacieron no precisamente del Conservatorio, sino de las escuelas de Ingeniería, Arquitectura, Filosofía, Sociología o de ninguna, pero muy al margen de la que si debiera ser una cuna de formación de nuestros músicos, atenta  a las novedades y que hasta el día de hoy no lo es, nuestro  conservador Conservatorio.

 

El Quilapayún! Mantengo intacto el recuerdo de sus primeras presentaciones, en el patio del Pedagógico, en verano, de negro, con barbas y sandalias y con la voz  alborotada  y escapando fuerte de las gargantas. Por primera vez, las sonoridad del pinquillo y luego la quena, el charango con cuerdas de metal, las cuecas bolivianas, la zamba del riego, el canto a la pampa, en fin, un mundo nuevo de sonoridades venidas de lejos, de los altiplanos y un modo urgente de cantar y de pueblos por conocer, nacido de la Violeta, que cambió la música chilena y nos cambió profundamente a quienes nos asomábamos a  este oficio maravilloso.

 

El Quilapayún fue, entonces, para mi un deslumbramiento y luego una compañía cercana en esta vida común que nos ha tocado desde hace más de cuarenta años.

 

Pero quiero recordar que una de las primeras y cuidadas presentaciones en sociedad del Inti-Illimani, en el que fuera el Teatro del Instituto de Extensión Musical de la Universidad de Chile, el IEM, en la calle Alonso Ovalle, a fines de los años setenta, fue montado con la ayuda de Eduardo en todo lo relacionado con la escena y algo del repertorio de entonces. Otro tanto hizo Víctor Jara.

 

Luego los años de Allende, desprendidos, generosos, inventando escenarios y conociendo mejor Chile, años creativos y formadores también de lo que hoy somos y de lo que no podremos dejar de ser. Luego el exilio europeo, espacio difícil de soslayar y que nos marcó definitivamente, instalando la música y la creación  de ambos grupos más allá de nuestras propias fronteras, casi como una música en busca de un país, como una especie de  folclore imaginario. Y luego el retorno y luego los desgarros en la vida de los grupos, que tienen aspectos en común y otros muy diversos.

 

Lúcida me parece la reflexión de Eduardo de las posibles causas que han motivado estas rupturas y que fácilmente las encontramos en un primera fuerza propulsora que fue quedando prisionera de un cambio brusco de época y como brusca y poco elegante fue la caída de nuestros paradigmas. Agregaría el hecho de la curiosa estructuración de estos conjuntos  con fuertes dosis de incompetencias que en algunos casos se transforman en freno y conductas reñidas con la ética artística, todas cuestiones difíciles de vivir  en un oficio, como es la creación e interpretación musical en los grupos, que  se alimenta de la mutua seducción entre sus miembros.

 

Otra parte dolorosa pero necesaria es la reflexión que Eduardo hace en relación a la disparatada creencia de que cuanto hemos construido, como creación musical y desde hace mucho, autoría y protagonismos, quedan relegadas a un plano de secundaria importancia y muy por debajo de la si importante administración del nombre. Idea, por cierto  patuda e insensata, para no hablar de su inmoralidad.

 

Bueno, como ven,  los temas se suceden y son todos apasionantes. El amor, la política, las amistades, el poder, dios  y la religión, la música, en fin, la vida y la muerte. La filosofía, disciplina que le ha permitido desentrañar en parte importante la madeja de la existencia humana y, sin lugar a dudas, le ha dado un sello indeleble a su grupo musical, el Quilapayún. Las cosas en su lugar.

 

Eduardo es un personaje bien instalado en el mundo de la cultura y las artes musicales de Chile.  Sin medias tintas, al hueso, a veces demasiado al hueso, y por eso incómodo.

 

Estimado con cariño por muchos, entre los que me cuento y protagonista de un movimiento, como el de la Nueva Canción, que modificó el curso de la música chilena. Y esto no es poco y es suficiente para que sigan ustedes la  interesante lectura de “Conversaciones conmigo mismo”. Gracias

 

 

Horacio Salinas

 

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Responses

  1. Un personaje este Eduardo Carrasco. Ya el título es tan desde su creador ombligo. Espero, de corazón, que los nortinos, tan alejados siempre de los buenos libros, tengamos pronto acceso a esta joyita.
    Cariños infinitos para los Preciosos Quilapayunes

  2. Una bonita presentación del gran Horacio Salinas, para un libro que sin dudas habrá que leer, para los seguidores del Quila…

    Gracias y saludos…


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